Testimonios
Un espacio dedicado para los estudiantes y padres de familia.

Las Directivas del Jardín Infantil Hans Andersen me solicitaron escribir unas líneas acerca de mi experiencia como papá de Pablo Zamora, quien pasó dos inolvidables años en ese Jardín (2003 – 2005). Las escribo con mucho gusto y agradecimiento.

Primero que todo debo referirme a la cálida acogida que recuerdo desde el primer día que pisé sus instalaciones, cuando estaba explorando opciones, tratando de disimular la íntima resistencia que me acompañaba de entregar mi hijo en manos ajenas, es decir del temor o la incertidumbre que me producía enviarlo diariamente a una institución. Pablo tenía dos años. La acogida que ante todo inspira confianza, y eso es esencial en medio de ese trance. Para empezar, uno necesita sentirse seguro de que su hijo estará en buenas manos…lo demás viene por añadidura. Cada una de las personas con quienes entablamos conversación ese primer día en el Jardín mostraba experiencia en la labor, y un convencimiento de las bondades del propio Jardín. Es que sólo se puede transmitir la confianza si se lleva dentro.

Lo segundo por comentar tiene que ver con “los colores del jardín”, con sus instalaciones. Esos colores, el verde, el azul y el amarillo que siempre vienen a mi mente cuando pienso en el Jardín Hans Andersen. Las instalaciones adecuadas al tamaño y actividad de los niños, sobrias, limpias, cuidadosamente pensadas.

De otro lado y para concluir con la “experiencia inicial”, el planteamiento con que se nos presentó lo que hace el Jardín, lo que buscan y cómo lo hacen. Eso no sólo me convenció sino que luego pude comprobar que era coherente con el trabajo diario.

Pasando a la experiencia de dos años como “padre de familia”, quisiera referirme a cinco aspectos sobresalientes que pude conocer:

El primero, para mí fundamental, era la imagen que me acompañaba siempre que pensaba en mi hijo en el Jardín: el niño está seguro. Ese ambiente, con sólo unas pocas docenas de niños entre dos y seis años, con un buen número de adultos atendiéndolos y vigilándolos, en las instalaciones a las que ya hice mención, me permitieron pensar en el Jardín como un lugar seguro, además de acogedor. Creo que difícilmente habría matriculado a mi hijo, a sus dos años de edad, en un colegio grande, donde las “hordas” de niños mayores y jóvenes parecen pasar por encima de los pequeñitos…y hasta les hacen sombra! El Jardín Hans Andersen es eso: para los niños pequeños. Esta sensación se extendía al transporte ofrecido por el Jardín, que siempre estaba en buenas manos.

En parte conectado con lo anterior está el tipo de trato hacia los niños, donde el cariño va acompañado con la exigencia de cumplir normas básicas de convivencia. Considero que una adecuada “dosificación” de estos dos elementos es determinante en la crianza temprana y en la obtención, más adelante, de unos jóvenes equilibrados emocionalmente y socialmente responsables. Esto se lo proponen las maestras y directivas del Jardín, y a mi juicio lo logran en buena medida.

El siguiente aspecto que recuerdo y que destaco especialmente (de pronto por mi cercanía con el mundo educativo), es el trabajo por proyectos. Mi hijo contaba fragmentos de las actividades que realizaban a diario, y no era fácil apreciar desde allí lo que hacían. Pero cuando asistíamos (periódicamente) como padres a la “Casa Abierta”, para apreciar lo logrado (el resultado final del proyecto), era de admirar lo que se podía hacer con la colaboración de unas cuantas personitas comprometidas en una idea colectiva y bajo la buena orientación pedagógica de la maestra. Estoy convencido de que la metodología de proyectos no sólo es aplicable desde muy tempranas edades, sino que es un gran organizador de la mente infantil y una invaluable herramienta del trabajo grupal.

Otro elemento que todo el tiempo acompañó y marcó esta experiencia de dos años fue la certeza de que mi hijo era tratado como Pablo y atendido como tal: en otras palabras, el respeto y la valoración de la individualidad de los niños. Tal vez porque tengo una especial aversión por los colectivos humanos que anulan o ahogan la individualidad, resalto este aspecto en especial. Hoy pienso que fue un acierto esa primera experiencia institucional para mi hijo.

Un quinto aspecto que destaco, pero no por ello menos importante, es el especial esmero y cuidado que le dan las maestras y el Jardín al cultivo del gusto por la literatura, y en general por los libros. De varias formas se aprecia tal cosa. Hoy Pablo se acerca con interés y gusto a los libros infantiles, los aprovecha y aprende de ellos. En ello, el Jardín Infantil Hans Andersen contribuyó de manera notable. Y lo agradezco.

Ah, y casi lo olvido! Mi hijo come verduras con gusto, eso también se le reforzó en el Jardín Hans Andersen: buenos hábitos de alimentación…

No puedo dejar de mencionar, para terminar, algo que constituye para mí una prueba de las bondades de esta experiencia. Ya no a partir de mi sola percepción y testimonio, sino los del propio Pablo: hoy mi hijo tiene seis años, y cada vez que ha tenido la oportunidad de visitar su antiguo Jardín Infantil, lo hace con el mayor de los gustos. Lo ha hecho muchas veces. Eso habla por sí solo…

LUIS FERNANDO ZAMORA GUZMÁN

Julio de 2007 Padre de Pablo Zamora Morales

Psicólogo – Investigador en Educación 

Cómo llegar al jardín